Pero aún así, puedo llegar a ser feliz

Ya no me río cuando tropiezo, por mi miedo a romperme la cadera otra vez. Ya no me expreso de forma sincera ni adulterada o ficticia de cara al público, porque solo dialogo con mis conciencias. Me intento ser sincera pero no me miro a los ojos, ya no veo ojos, solo pululan en mi cabeza ojos como una tilde de azúcar marrón. He dejado ya de grapar bien las historias y si te asomas al lateral no te voy a dar alegrías. De reojo solo cojo al animal candil que me sofoque el dolor de la vida. Y sobre todo ahora no miro el reloj cuando vivo fuera de él. Me he vuelto radical contando historias, me lío en el trasfondo y los protagonistas. Pero me da igual el entendimiento del resto, los vestigios de suspicacia que puedan rodearme, es un pequeño cero a la izquierda en comparación con la libertad de la que gozo al plasmar mi fuerza arrugada. Ya no tiene sentido que jure en cuanto al número de veces que me he enamorado, yo he hecho mil peripecias de equilibrio para encontrar caminos que llevaban al vacío y hoy por hoy me declaro obsesa de la luz, patrona y guía de mi propia refulgencia. Miro intensamente sin saber que veo, pero siento el ritmo, Creo en el ritmo de todo, incluso la ausencia de este es por sí como tal él mismo. He marchitado y plantado millones de cosas y ya no se me ocurre nada más, ya no se donde he puesto los chichones que me nacían de intentar encontrar el camino.

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