Hablar sin palabras


Se presentó ante mí una calurosa tarde de verano.

Yo me abstraía cortando con mis manos las frescas hojas del césped, sentado a la sombra y a pocos metros de la piscina. Diminuto, gris oscuro, se movía a trompicones sobre sus numerosas y pequeñas patas describiendo una línea continua de interminables eses. Pensé que se había perdido, así que resolví que podría orientarse mejor desde las alturas.
-¿Estás perdido no? Tranquilo amiguito, ¡Yo te ayudo!- quise aclarárselo por si pensaba que mis intenciones no eran buenas.No pensé que atrapar una cosa tan pequeña pudiese ser tan complicado. Ahora se movía rápido y por más que lo intentaba de repente lo perdía de vista. De repente me di cuenta, se había hecho una bolita y se quedaba quieto hasta que dejaba de perseguirle.
-¡Ya te he dicho que quiero ayudarte! No seas tímido… ¿De qué tienes miedo? … Te asustan mis manazas ¿Verdad? Veamos- dije mirando la hierba- ¿Qué tal si probamos con esto?- volví a cortar una hoja del césped- ¿Te parece?- Y asomó las antenitas por fuera de su exoesqueleto.
Subió por el improvisado puente hasta mi mano, donde no paraba de dar vueltas. No, definitivamente no estaba buscando nada desde allí arriba. Se me ocurrió que podría estar simplemente de paseo, así soy yo, siempre buscando problemas donde no los hay. El pobre bichillo entreteniéndose y lo único que se me ocurre es pensar que se había perdido. 
-Vaya, lo siento. Te he liado para que subieras… ¿Sabrás volver a casa no?- dio la callada por respuesta y se acurrucó de nuevo.- Pues ahora sí que estamos en un buen lío. A ver cómo me dices tú donde vives…

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