La incertidumbre


Llevo años sin entender el porque me rehuyen. Veo en sus dibujos, en sus obras y televisión imágenes de algo aterrador, no lo que verdadera mente soy. Soy la muerte, uno de tantos. Nuestro trabajo es guiar las almas de los muertos al otro lado, aunque por una razón que desconozco, nosotros no podemos cruzar a la felicidad. La llamo así porque muchas de las almas de las que he guiado se alegran al momento de cruzar y por eso no entiendo el porque los seres humanos le tienen tanto miedo a nuestra llegada. Deberían temer por sus acciones en su vida terrenal, porque nada se escapa a los ojos de Dios, aunque todos al final alcancen la redención… así tengan que regresar una y otra vez por lecciones que no han podido aprender o no han querido. Fui humano también, hace tantos siglos ya que ni recuerdo mi nombre ni mi sexo; al morir, en vez de ser guiado por un reaper, reemplacé al que me buscó, viéndolo caer en un sueño eterno. Al comienzo, trataba de tener compasión con los moribundos y luego ya sólo hacia mi trabajo, dejé de sentir emoción alguna. Yo sólo existo en el momento en que me necesitan, sea una enfermedad, tragedia natural o un crimen y a veces es tanta la violencia que más de un reaper ha sido convocado para llevar almas. Yo conozco otros como yo y los he visto irse y a otros más antiguos tomar su trabajo sin la necesidad de cuestionarse el porqué. Creo que cuando vivía, también era inconforme con lo que tenía y creo que en esa época sí tenía emociones. Ahora no es que no las tenga, sólo que no las puedo llevar conmigo al presentarme ante las almas moribundas. Madres que claman tiempo para ver crecer a sus hijos, hombres que ante la guerra caen sin siquiera conocer su descendencia… he sido testigo de traiciones a lo largo de mis siglos de existencia, no obstante también conocí sacrificios de amor tan grandes, que me han hecho preguntarme si alguna vez amé así.Uno de esos trabajos fue un hombre que se sacrificó para salvar a su hija de morir. Yo sólo sabía de un alma, eran dos los humanos presentes. Traté de observar impávido los acontecimientos que requirieron mi presencia. La niña se resbaló por un abismo y su padre logró detener su caída un instante, para luego aterrarse al saber que ambos caerían, así que al hacerlo, decidió darle a su hija la oportunidad de vivir y fue su cuerpo quién recibió todo el impacto. Yo lo recibí asegurandole que su hija estaba viva y extrañamente no me pidió más tiempo como hacen casi todos los mortales. Antes de irse a la luz, me aseguró que dejaba a su hija en buenas manos, y cuando volvió a mi esa vieja emoción humana de ser curioso y le pregunté a quién se refería, alcancé a escuchar: “contigo”.

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